sábado, 28 de enero de 2006

Posted on Sun, Jan. 22, 2006
El Nuevo Herald

ADRIANA HERRERA T.

Rubén Torres Llorca ama las historias. Las que se bifurcan en posibilidades simultáneas que plantean elecciones; las hechas de mentiras, pero bellas; las que buscan verdades en círculos para poder plantear preguntas siempre de otro modo; y las historias perplejas, es decir, sin resolver, con las que cava, buscando salidas (o entradas) a la vida, que siempre antecede al arte.

La inmensa instalación que inauguró el pasado viernes en el museo Frost de la Florida International University bajo la curaduría de Elizabeth Cerejido, sintetiza su trayectoria artística --ha pedido varias obras suyas prestadas a coleccionistas y las usa a su antojo-- e integra nuevos trabajos en la exhibición más total de cuantas ha realizado: un thriller que propone al espectador un viaje por los espacios laberínticos de los pasillos en los que está su obra, para resolver el asesinato de la inocencia (el arte por amor).

Antes de arriesgarse al recorrido, el espectador debe recordar que este artista es capaz de cualquier cosa. En 1985, en La trampa, fabricó una suerte de altar coronado con la imagen de La Caridad del Cobre. El desprevenido que se acercaba leía un letrero: ''Bienvenido a esta trampa. Usted ha sido atrapado por mi apariencia''. No era un objeto común de arte, sino una máquina de matar que reactivaba símbolos de la cultura popular cubana. Un estibador de barco de La Habana entendía la obra mejor que un crítico, de modo que volvía maleable la noción de elite cultural. Igual, puede cuestionar su propio arte en una instalación que reúne fotos de sus obras perturbadoras en torno al verso de Pere Gimferrer: Si pierdo la memoria, qué pureza.

El espectador que comprende hasta qué punto en la obra de Torres-Llorca los objetos pintados, esculpidos, encontrados o retomados son meras herramientas de construcción, artefactos que fabrican ideas y que disparan preguntas llenas de ramificaciones, está preparado para entrar en su instalación. Una vez allí, encuentra dos alternativas: Modelo para armar y Easy to Build.

Esos senderos que se bifurcan plantean juegos alternos de miradas en juego para abarcar la obra. A modo de instrucción general y sin detallar el contenido exacto de los espacios del museo tomado por Torres-Llorca --lo que arruinaría la travesía-- es útil ofrecer algunas señas para el acceso a la instalación. Modelo para armar está conectado no sólo con el título de una novela de Julio Cortázar --a quien tanto quiere Llorca--, sino con las estructuras abiertas, los lenguajes contiguos y sus imposibilidades y la urgencia de comunicarse. En 1980 fue a ver a Cortázar, que estaba de visita en La Habana e internado en el hospital Calixto García. El cronopio (aún más alto que el altísimo Torres Llorca) notó que a sus gafas les faltaba una pata y le regaló una armadura que tenía de reserva. Un año después, en medio del reto a la cordura que era vivir en La Habana, su visión díscola formó parte --junto con la de Bedia y Tomás Sánchez-- de la exhibición Volúmen I que cambió la historia del arte en la isla.

En el trabajo de arte creado para el Frost, Modelo para armar, la niña dispuesta a ir de una a otra casilla es una invitación a los saltos de realidad a donde él empuja, como Duchamp, o como el Lewis Carroll de Alicia en el país de las maravillas, entre otros maestros que la exposición cita, a veces de modo apócrifo, como hacía Borges, pero con mayor sarcasmo. Basta ver las telas de araña espinadas en las tres cestas que aluden al cuento infantil, o su Frágil árbol familiar.

Prepararse para saltar implica disponerse al riesgo de ver lo grave bajo capas de humor negro. En la frase de Bukowski que da título a la obra What Matters Most Is How Well You Walk Through the Fire, pinta a un hombre con una máscara y un insecticida batallando con la jungla cotidiana (la casa). Cada telaraña suya recrea trampas que acechan en el duro piso del mundo.

Puede que sea útil relacionar a Torres-Llorca con el concepto de arte contextual, que según el crítico Paul Ardenne atrapa la realidad contemporánea inmediata en su proceso de representación. Pero también servirá saber que hay gente que ha llorado delante de sus piezas. El modo eficaz en que conjuga imágenes familiares --clásicos retratos de hombres y mujeres de los años en que nació la televisión-- con un alfabeto visual de elementos simples (sillas, mesas, orejas, manos, ojos), y líneas como ''No me has mirado de ese modo en años'', condensa la vida en ráfagas y despierta algo indecible. En el labertino que instaló en Sao Paulo alguien anotó: ``¿Quién es usted que me conoce tan bien?''.

Una vez el espectador se adentra en el recorrido comprende por qué para Torres-Llorca el arte es ''un terreno para soltar el toro'' y se enfrenta, solo, a la lidia. Una serie de textos que funcionan como los ''koan'' zen, es decir, como sacudidas eléctricas para despertar la mente, traen a colación a figuras que van desde Kafka a Patricia Highsmith, a medida que la narrativa visual --casi fílmica-- de la instalación corre el velo de una historia sobre la realidad que Torres-Llorca ha venido contando desde los ochenta. Junto a esa suerte de tratado de relaciones que ha armado en piezas sueltas como Haz sentir orgullosa a tu madre; obras como American Kamikaze escenifican la lucha en los duros frentes cotidianos del sistema capitalista.

La segunda puerta es clave en este thriller intelectual sobre la muerte de la inocencia. Easy to Build es un letrero común en las etiquetas de empaque de productos comerciales. En un astuto juego de tensión con los retos de imaginación del Modelo para armar, Torres-Llorca toca la única zona prohibida en el arte contemporáneo: aquella que toca las fuerzas en juego del arte como modelo productivo, y expone incluso la ceguedad de los coleccionistas o la realidad de un mercado en el que la mejor noticia es la muerte del artista y lo que logra visibilidad es decidido por directores de museo, curadores, críticos y banqueros.

Pero igual, la tácita afirmación: ''El arte ha muerto'' cubre a los artistas de la posmodernidad, a los que llama (sin excluirse) ''impostores''. ''Espejito, espejito, ¿cuál es el más auténtico artista de todos?'', la pregunta surge en la pieza de Alicia sentada de espaldas al espectador frente al espejo con un gato entre las manos y dos conejo muertos a los lados. Aunque él sólo ve ''artesanía'' en buena parte del arte que hoy se exhibe, podría repetir en sus ficciones el gesto de Kafka que para consolar a una niña durante tres semanas sirvió de autor y emisario de las cartas que supuestamente le enviaba la muñeca que ella había perdido en un parque. Para Torres-Llorca eso es arte.

Si te pagan por ello, no es amor, reza el letrero de una obra, mientras otra instalación despliega las Recientes adquisiciones del artista: una serie de fectiches que representan a los personajes claves del arte que han comentado o adquirido las obras de Llorca. Los coleccionistas visionarios comprenderán su conexión con la pintura Alicia ya no vive más aquí como el thriller de Martin Scorsese. Al final del viaje, si alguien pregunta: ''¿Qué camino debo tomar para salir de aquí?'' puede que oiga la sabia respuesta del gato: ``Eso depende mucho de adónde quieras llegar''.

aherrera@herald.com

Rubén Torres-Llorca. ''Modelo para armar/ Easy to Build''. The Patricia & Phillip Frost Art Museum, FIU, Ave. 107 Ave, 8 calle del sur. Hasta el 19 de marzo. (305) 348-2890.


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