miércoles, 28 de marzo de 2007

Publicado el miércoles 28 de marzo del 2007

SARAH MORENO
El Nuevo Herald

Dibujo de la famosa investigadora para manuscrito de Miomandre, con caligrafía de Guido Colucci.
Dibujo de la famosa investigadora para manuscrito de Miomandre, con caligrafía de Guido Colucci.

Una carta de puño y letra de Gabriela Mistral que comienza: ''Cara, cara Lydia, cubana y mía''; una foto con Amelia Peláez en el barco que las llevaba a París en la década del 1920, y que Lydia Cabrera siempre conservó a la vista en su pequeño apartamento de Coral Gables; una foto con Octavio Paz en el frío invierno de Nueva York, en 1984; otra con su querida amiga, la escritora venezolana Teresa de la Parra, en Suiza.

Estos son algunos de los documentos y fotos personales, notas y dibujos de sus investigaciones sobre las religiones y la cultura afrocubana, y de sus escritos inéditos, que la escritora cubana Lydia Cabrera donó al morir en 1991 a la CubanHeritage Collection de la Universidad de Miami.

Una muestra de esos valiosos documentos, El legado de Lydia Cabrera, se inaugura hoy y se extenderá hasta el verano, en la galería de exposiciones del pabellón Roberto C. Goizueta, de la Biblioteca Richter de la Universidad de Miami.

''Por ser la primera exposición, queríamos mostrar sus distintos aspectos: su labor como escritora y pintora, y su interés en la arquitectura y en la historia colonial cubanas'', explica una de las curadoras de la muestra, Isabel Ezquerra, que con Lesbia Orta de Varona, Annie Sansone y Duvy Argandoña preparon y preservaron los documentos.

''Ella tomaba notas en lo que tuviera a mano: papelitos, sobres de cartas. Pero en medio de su locura, tenía método. Sus cosas estaban bien clasificadas, sus notas sobre Yemayá estaban juntas. Era una artista, pintaba en lo que encontrara. Cuando estaba hablando por teléfono, hacía muchos garabatos'', explica la profesora Isabel Castellanos, autora de En torno a Lydia Cabrera, y gran amiga de la escritora, que pasó los últimos años de su vida en su casa.

Algunos de estos dibujos se pueden ver en la exposición, como los que complementaban a las notas de campo que Cabrera tomaba en sus investigaciones a lo largo de la isla, y que después conformarían libros como El monte, 1954, o La sociedad secreta Abakuá, narrada por viejos adeptos, 1959. También se puede ver una carta muy auténtica de uno de sus informantes, que escribe las palabras tal y como se pronuncian.

'Fue muy valiente y rompió muchos esquemas. El hecho de que fuera mujer y de una clase social alta, y que se dedicara a estudiar los temas negros, extremadamente estigmatizados y vistos como algo que teníamos que superar para poder progresar y ser `civilizados', la distingue en su época'', explica Castellanos, que le da gran valor a su labor etnográfica, por haber legitimado esa parte importante de la cultura cubana.

La exposición muestra manuscritos, como el del cuento Areré Marekén, ilustrado por la pintora rusa emigrada en París, Alexandra Exter, que fue maestra de Peláez y de Cabrera. También uno ilustrado por Cabrera, con textos de Francis de Miomandre, quien tradujo al francés Cuentos negros de Cuba, que se publicaron primero en esa lengua, en 1936.

La profesora Rosario Hiriat, que esta noche ofrece la conferencia inaugural de la exposición, titulada Presente a futuro (cultura/literatura), cuenta que, en favor de la primera edición en español de Cuentos..., intervino Gabriela Mistral. La escritora chilena le dijo a su amiga Cabrera que era una vergüenza que el libro no estuviera publicado en su idioma, y la puso en contacto con el poeta español Manuel Altolaguirre, que entonces era propietario en La Habana de la imprenta La Verónica, y se encargó de imprimir el libro, en 1940.

Hiriart, autora de Lydia Cabrera, vida hecha arte, opina que con Cuentos negros de Cuba Cabrera inicia el realismo mágico. Castellanos concuerda, recordando que Cabrera fue la primera en ''describir y disfrutar la realidad de la irrealidad'', como a la misma escritora le gustaba decir.

''Muy temprano, en los años 30, estaba describiendo al Papa mandando bulas a Cuba con unas calabazas'', recuerda Castellanos, que dice que uno de los rasgos más significativos de la personalidad de Lydia Cabrera era su sentido del humor.

''Era una persona de gran imaginación y mucha chispa, pero de gran sencillez. No trataba de deslumbrar con su ingenio y se mostraba muy humilde con respecto a su obra. Era muy hospitalaria, una gran conversadora que te hacía sentir muy a gusto'', cuenta Castellanos.

Además de las cartas mencionadas, en la exposición se pueden ver muestras del intercambio de correspondencia con Eugenio Florit y Reinaldo Arenas, quien también aparece en una foto con ella y con Enrique Labrador Ruiz.

Esa afinidad de Cabrera con sus colegas se mostró desde temprano, cuando en Madrid establó amistad con Federico García Lorca, quien le dedicó La casada infiel, el poema de El Romancero que más le llegó a Cabrera. ''Para Lydia Cabrera y su negrita'', dice la dedicatoria.

Otra curiosidad de la exposición son las piedras que la escritora descubría en la calle, en las que veía rasgos que al pintarlas sólo resaltaba. Cabrera vendió muchas de estas piedras para ayudarse en la subsistencia, porque en Estados Unidos nunca recibió pensión ni quiso pedir ayuda a la Seguridad social.

Las fotos de la Quinta San José, la casa en las afueras de La Habana que compartía con su amiga María Teresa de Rojas ''Titina'', son otra joya de la muestra. Fueron tomadas por el fotógrafo y etnógrafo francés Pierre Verger, de visita en la capital cubana en 1957, que asistió con Cabrera y otro compatriota, el africanista Alfred Metraux, a la ceremonia de Yemayá en la laguna San Joaquín en Matanzas, documentada en la exposición con las fotos de Josefina Tarafa.

Las últimas palabras de la escritora fueron para La Habana, cuenta Castellanos. 'Estaba agonizando y me dijo: `La Habana'. Yo le pregunté: ¿Usted está en La Habana?'', y me respondió que sí''.

Miami fue la última ciudad que disfrutó su chispa, su sencillez y su creación de mundos en los que nada era imposible, pero su amistad con grandes intelectuales en el París de entre guerras, y en La Habana como embajadora de la cultura, prueban que el legado de Lydia Cabrera es para el mundo entero.

smoreno@herald.com




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